judaismo

La cadena de la tradición continúa intacta

La cadena de tradición continúa intacta desde el principio del mundo hasta nuestros días.

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Por Itzjak ben Avraham. 

La cadena de tradición continúa intacta desde el principio del mundo hasta nuestros días. Cuando murió Adam en el año 930, Metushelaj (Matusalén) lo había conocido ya durante 243 años; y Noaj (Noé) había conocido a Metushelaj por 600 años, cuando este último murió en 1656. Al morir Noaj en 2006, Abraham tenía 58 años. Abraham, Yitzjak y Yaakob eran una familia unida. Al morir Yaakob en 2255, Yosef tenía 56 años y Amram, el padre de Moshé había nacido ya. Al venir Moshé al Faraón, Abraham era todavía recordado por los egipcios, entre los que había residido temporalmente. Cuando Moshé trajo la Torá a los hijos de Israel, las tradiciones y la historia inscrita en ella, eran bien conocidas por la gente. Entre Adam, que fue testigo de la Creación, y Amram, el padre de Moshé, sólo intervinieron cuatro hombres: Metushelaj, Noaj, Abraham y Yaakob. El Diluvio estaba sólo dos eslabones atrás en la cadena de tradición, pues entre Noaj y Amram intervinieron sólo Abraham y Yaakob.

Los hijos de Israel en Egipto ya habían oído de antemano las crónicas de Abraham, Yitzjak y Yaakob de boca de Yaakob y sus hijos, a quienes la generación previa a Moshé conoció personalmente (no a todos). Leví, el hijo de Yaakob, murió en Egipto en 2332 y su bisnieto Moshé nació sólo 33 años después en 2365. De este modo puedes ver qué tan unidos están los eslabones de la cadena de tradición desde la Creación hasta Moshé.(Tomado de: “Sagradas Escrituras” por Rab. Avigdor Miller.)

Moshé legó la tradición a Iehoshua Bin Nun, Iehoshúa Bin Nun la transmitió en vida a los Ancianos de las tribus (el concilio de 70 que formaban el Sanhedrin). Pero el Sanhedrin no fue nada nuevo, ya existía… Moshé se presentó a ellos cuando bajó a Egipto, también fueron acompañantes de Moshé y numerosas veces la Torah los menciona en los relatos rumbo a la tierra de Kenaan. Vinieron luego los profetas, discípulos de los ancianos (Shmuel – Los Bnei Haneviim – Natán – etc…). La época de los profetas se dio hasta los exilios, los últimos fueron los “postreros” que vivieron en la reconstrucción del Bet HaMikdash y el retorno, previo a la invasión griega. Simultáneamente y junto a ellos estuvieron en ésta era los Hombres de la Magna Asamblea, puestos a tal encargo por Ezra (Esdras). Los profetas terminaron su periodo de actividad, pero quedaron los Miembros de la Magna Asamblea llevando el legado de la tradición. Los últimos hombres de la Magna Asamblea fueron Shimon HaTzadkin y Antignós de Sojó. Luego de ellos, la presidencia del Sanhedrin (Magna Asamblea) que antes había sido de una sola persona (el nasí, presidente) fue encargada a dos personas, llamadas “Pares” (Zugot, en hebreo). Así se inicia el periodo de los Zugot. Ellos legaron la tradición a los Tanaim (ver gráfico acá), quienes compilaron por escrito toda la tradición oral, por eso se les llama “Tanaim” (los que repiten lo aprendido). A su vez, la legaron a los Amoraim (”los que comentan”, ver gráfico acá), que la legaron a los Savoraim (”los que ponderan”), que la legaron a los Geonim (”sabios”) que fueron los presidentes de las academias talmudistas de Sura y Pumbedita, el centro del mundo judío de aquella época. La legaron a su vez a los Rishonim (”primeros, los que referencian”) y éstos a su vez la pasaron a los Ajaronim que hoy los llamamos así por ser “los últimos” más cercanos a nuestros días donde tenemos la generación de los “contemporáneos”.




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La Tradición

La Tradición

Por: Rab Avigdor Miller
S.-
J.- Pero todos los hombres tienen deseos que los sobornan evitándoles ver la Verdad. Los científicos materialistas al igual que los idólatras. Entonces, ¿cómo es posible para un hombre ver la Verdad?
S. –En la actualidad los únicos hombres capaces de reconocer la Verdad son aquéllos que la adquirieron por tradición.
J. –Pero los hombres pueden no desear atenerse a la tradición. Pueden alegar que sólo aceptan aquello que sus ojos pueden ver.
S. –¿Creen ellos que George Washington existió?
J. –Seguro que sí.
S. –¿Y cómo lo saben? ¿Alguno de ellos lo vio?
J. –Es cierto señor que toda persona se apoya en alguna forma de tradición, pues todo conocimiento de la historia es a través de la tradición. Pero George Washington es una tradición aceptada por todos los hombres.
S. –De ninguna manera. El vulgo de África, el Cercano Oriente, India, China y Japón, no supieron nada de él en ninguna generación. Aún hoy, la mayor parte de la humanidad no conoce su nombre.
J. –Pero miles de sus compatriotas lo conocieron.
S. –¿Alguna vez hablaste con alguien que lo conoció?
J. –No, pero un hecho tan conocido debe ser aceptado como verdadero.
S. –¿Cómo sabes que George Washington era muy conocido en su época?
J. –A través de la historia escrita y por la historia oral que pasó de generación en generación.
S. –Entonces nuestra historia escrita, la Biblia, está más difundida en el mundo que la historia escrita norteamericana, al igual que nuestra historia oral tiene más difusión mundial que la historia oral norteamericana. La historia norteamericana admite que sólo miles de personas conocieron a George Washington, mientras que la historia judía insiste en que la entrega de la Torá en el Monte Sinai fue presenciada por millones. Muchos millones de personas de nuestra nación en todas las generaciones testificaron las tradiciones históricas que escucharon de sus propios padres, sin mencionar los millones y millones de musulmanes y cristianos que por siglos han creído y siguen creyendo hoy en día en este hecho histórico. No existe una sola tradición histórica en el mundo incluyendo los últimos acontecimientos de nuestro tiempo, que tengan tanta autenticidad como este hecho tanto en los testimonios escritos, como en la opinión pública basada en la tradición. Los norteamericanos en su mayoría, no recibieron de sus antepasados esta tradición de George Washington, pues ellos eran inmigrantes irlandeses, italianos, alemanes o eslavos que se establecieron en los Estados Unidos mucho tiempo después que Washington murió. Pero los judíos actuales son los descendientes de hombres que vieron las diez plagas que asolaron a Egipto, que fueron liberados de la esclavitud egipcia, que cruzaron en seco el Mar Rojo y vieron la entrega de la Torá en el Monte Sinai; y estos hechos les fueron relatados por sus propios padres, de generación en generación, además de poseerlos por escrito desde el principio, cuyo texto original ha sido transmitido hasta nuestros días sin la más mínima alteración. Más de dos siglos antes que se destruyera el Segundo Templo, nuestras Escrituras se tradujeron al griego. Desde entonces, las naciones del mundo han tenido nuestras Escrituras y atestiguan su texto. Esto sucedió sólo seis siglos después del Rey Salomón. Además los escritos de Josefo han estado en manos no judías durante 2000 años. Pero por encima de todo, está el hecho claro que nuestra nación, por más que se retroceda en los anales de la historia, proclama en forma unánime, la autenticidad y autoridad de las Escrituras.
J. –¿No tienen las otras naciones tradiciones con doctrinas distintas?
S. –Sus propias tradiciones refutan sus religiones y comprueban su falsedad.
J. –¿Cómo?
S. –Las tradiciones de los hindúes, chinos, eslavos, escandinavos, griegos, romanos, fenicios, asirios y egipcios, se muestran a sí mismas como una vaga y confusa mezcla de fantásticas mitologías. Aunque tuvieron filósofos y maestros, ninguna de estas tradiciones trata de hacer remontar una tradición ordenada o verosímil de una Verdad dada por D–os. Por ejemplo, las enseñanzas de Confucio influyeron en cierto grado sobre los chinos y las de Sócrates sobre los griegos, pero estos maestros nunca dijeron haber recibido instrucción Divina. Los antiguos galos, godos, tártaros, árabes (antes de Mahoma) y mongoles, tenían sólo tradiciones confusas y desordenadas. Estas tradiciones son en sí mismas la prueba más fuerte de su frivolidad e incredibilidad. Además de la tradición de la Torá, hay sólo otras dos tradiciones que tienen una apariencia de orden, la de los seguidores de Yeshu y el Islam.
J. –¿Cómo es que sus tradiciones se refutan a sí mismas y comprueban su falsedad?
S. –Los escritos de los seguidores de Yeshu establecen claramente que todos los Sabios de los judíos se oponían a ellos. Ni un solo hombre culto los apoyaba. Los notzrim (cristianos) también mencionan en sus escrituras que sus únicos seguidores eran algunos de los hombres más ignorantes y personas de la clase más baja. Aun entre ellos, la gran mayoría se oponía a los nazarenos. La afirmación de Yeshu de ser profeta, estaba basada en su propia palabra, pero ninguno de los Sabios o sus grandes asambleas que se encontraban en ése entonces muy activas, lo apoyaban. Los escritos de los seguidores de Yeshu coinciden en que los Sabios lo reprendían a él y a sus seguidores por violar las leyes de la Torá. Los escritos lo consideran de la simiente de David, pero al mismo tiempo afirman que no tiene padre. Y bien, aun los más ignorantes de nuestro pueblo saben que sólo el linaje a través del padre, se toma en consideración para la genealogía bíblica. Además dijo que no pretendía cambiar la Ley de Moshé, pero él mismo anuló algunas leyes y sus seguidores anularon todas. También dice ser el Mesías, cuya función según se predice en la Biblia, es redimir a Israel; pero con él vimos lo contrario de redención. Asimismo, su argumento de ser el Mesías quedo refutado por su muerte, pues el Mesías, como está claramente predicho por los profetas, aparecerá y gobernará en Israel en persona. Además las Escrituras predicen (Yishayá [Isaías] 45; Tzefaniá [Sofonías] 3) que todas las naciones se unirán bajo la fe verdadera con el advenimiento del Mesías; pero después de Yeshu, nada parecido aconteció. Por el contrario, surgió el Islam y se expandió en muchas naciones, mientras que el Cristianismo mismo se dividió en muchas sectas beligerantes que se mataban entre sí.
J. –Estos son argumentos incontrovertibles.
S. –He aquí algunos ejemplos de los errores extremos de los escritores del Testamento de Yeshu. Mateo escribe (23): “Zacarías, hijo de Berequías, al cual matasteis”. ¡Éste es un grave error! Pues al que asesinaron fue Zacarías el hijo de Yehoyadá (II Crónicas 24), 254 años antes de la destrucción del Primer Templo; mientras que Zacarías, el hijo de Berequías a quien no mataron, profetizó en el segundo año de Darío, 70 años después de la destrucción del Primer Templo. Un error de 324 años. También: (Marco 2) David entró a la casa de D–os siendo Abiatar el sumo sacerdote. ¡Error! Vino a Ajimélej, padre de Abiatar. Era Ajimélej y no Abiatar el sumo sacerdote en esos tiempos; y Abiatar no se menciona en la visita de David (I Shemuel 21). Una vez más: (Hechos 7) Y enviando Yosef, hizo venir a su padre Yaakob y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas. ¡Otro error! Sólo eran setenta. Otro ejemplo (ibid.) Así descendieron Yaakob y nuestros padres (sus hijos) a Egipto, donde murieron y fueron trasladados a Shejem para ser sepultados ahí. ¡Error! Yaakob no fue enterrado en Shejem. Otra vez (ibid.) …trasladados a Shejem para ser sepultados en la tumba que compró Abraham de los hijos de Jamor en Shejem. ¡Varios errores! No fue Abraham sino Yaakob quien compró tierra en Shejem (Bereshit 33); Abraham no compró tierra en Shejem de los hijos de Jamor, sino en Jebrón a Efrón, como lo dice textualmente en Bereshit 23 y en otras partes. Otra versión aún peor dice que Abraham compró de Jamor el hijo de Shejem. ¡Error! Shejem era el hijo de Jamor.
J. –Éstos son errores que cualquiera puede ver. ¿No los explican de alguna manera?
S. –A sus eruditos actuales no les faltan explicaciones, incluyendo la afirmación que nuestras Escrituras son incorrectas. Pero aun dando las explicaciones que quieran, los seguidores originales de Yeshu dieron un testimonio para todos los tiempos de su clara ignorancia en asuntos sencillos. Pero recuerda que estos primeros escritores, estaban también interesados en comprobar su causa con las Escrituras, por lo tanto además de errores, hay numerosos ejemplos de párrafos en las Escrituras que distorsionaron intencionalmente. Por ejemplo, Pablo (a quien Tomás Jefferson llamó “el gran corruptor”) trata de probar que el verdadero pueblo de D-os no es Israel, sino aquellos seguidores de Yeshu, aun gentiles, y dice (Romanos 9): como está dicho en Hoshea (2) “¡Llamaré al que no era mi pueblo, pueblo mío!” ¡Una distorsión evidente! Lee al final del primer capítulo de Hoshea. “Y D–os dijo, ponle por nombre LO-AMMÍ, porque no sois Mi pueblo”. Luego al principio del segundo capítulo: “El número de los hijos de Israel será como la arena del mar, que no puede ser medida ni contada y sucederá, que en vez de lo que se les dijo “Vosotros no sois Mi pueblo”, se les dirá “Vosotros sois los hijos del D–os viviente”. Ésta es la misma idea que se repite al final del capítulo “Y les diré a los que no habían sido Mi pueblo, eres Mi pueblo”. Pablo distorsiona la misma promesa que D-os hizo a Israel como Su pueblo, para demostrar lo contrario de lo que significa el versículo, y probar que los gentiles serán llamados el pueblo de D-os. Otro caso: el párrafo (Debarim 30) “Pues este mandamiento que Yo te ordeno hoy, no es incomprensible para ti y no está lejos. No está en los Cielos para decir: ¿Quién subirá por nosotros a los Cielos, lo tomará para nosotros y nos lo hará escuchar para que lo cumplamos? Y no está más allá del mar para decir: ¿Quién pasará por nosotros al otro lado del mar y nos lo traerá y nos lo hará escuchar para que lo cumplamos? Sino que la palabra está muy próxima a ti en tu boca y en tu corazón, para cumplirla”. Éste es un claro y evidente pasaje acerca de “Los Mandamientos” y la “palabra” de D–os que debemos “cumplir”.   Pero ellos (Romanos 10) lo citan para comprobar su propio punto de vista: “No digas en tu corazón quién subirá al Cielo, esto es, para traer abajo al Mesías, o quién descenderá al abismo, esto es para traer al Mesías de los muertos”. Otro caso: el pasaje (Salmos 40) “Sacrificios y ofrendas no quisiste, (me hiciste entender) al abrir mis oídos”. Un pasaje claro y manifiesto que el escuchar y obedecer a D–os es más importante que el donar ofrendas. Pero ellos (hebreos 10) lo citan para probar que el cuerpo de su guía se escogió como expiación en lugar de las ofrendas y lo explican así: “Sacrificios y ofrendas no quisiste, mas te apropiaste un cuerpo”. Otro ejemplo: el pasaje de Hoshea (11) “Cuando Israel era joven Yo le amaba, y al sacarle de Egipto le llamaba hijo Mío”. ¿Qué puede ser más obvio que eso? Pero ellos alegan que este pasaje es prueba de que D–os mandó llamar a su guía de Egipto, lugar al que dicen fue llevado de niño. Hasta un ignorante sabría que este versículo es una repetición del pasaje (Shemot 4): “Y dirás al Faraón, así dijo el Eterno: mi hijo, mi primogénito es Israel. Y dije a ti envía a mi hijo y me servirá”. La lista de tales ejemplos es muy larga.
J. –¿Y el Islam?
S. –Las propias palabras de Mahoma en el Corán refutan cualquier pretensión de veracidad. Sitúan a Hamán en los tiempos del Faraón que esclavizó a los israelitas en Egipto. Comete dos veces este craso error en dos distintas ocasiones. Él dice que fue el rey Shaúl y no Guidón quien probó a sus hombres bajándolos al agua a beber (Jueces 7). Acusa a los judíos de considerar a Ezrá como hijo de D–os, tal como lo fue Yeshu para sus seguidores, aun siendo que nadie de nuestro pueblo oyó alguna vez tal actitud para con Ezrá o cualquier otro de nuestros Profetas o Sabios. Sus narraciones de la Biblia son una miscelánea de errores. Alega que los judíos falsifican las Escrituras para contradecir al Islam; sin embargo, el hecho que las Escrituras ya estaban traducidas y en posesión de otras naciones 800 años antes de Mahoma, contradice esta declaración. Errores obvios como estos, refutan cualquier pretensión de profecía.
J. –Siempre tuve la convicción de que éramos capaces de refutar sus declaraciones, pero no me había dado cuenta, hasta ahora, de qué tan claramente las refutaban sus propios escritos.
S. –Además, Mahoma declara en numerosos pasajes que sus contemporáneos se mofaban de él como un impostor y le exigían milagros y señales convincentes. El tema más frecuentemente mencionado en el Corán, es la oposición y el escepticismo de su generación. Para impugnar a sus opositores que lo ridiculizaban, su única arma era la amenaza de castigo en el mundo por venir y la amenaza de destrucción en esta vida, de la que frecuentemente se encargaba con su propia espada. Tanto Mahoma, como los seguidores de Yeshu admiten que los judíos los rechazaban y que sólo los idólatras se adherían a su causa. Los mahometanos han mantenido en alto la verdad de nuestros libros proféticos por 1300 años, y los seguidores de Yeshu lo han hecho por 2000 años. Y aun así, ambos admiten que nuestros Sabios se oponían a ellos. Al admitir esto, comprueban su error.
J. –¿Cómo es eso?
S. –Porque la ley, que como ellos admiten proviene de D-os, establece (Debarim 17) “Cuando fuere dificultoso para ti un asunto de juicio, subirás al lugar que eligiere el Eterno, tu D-os e irás a los sacerdotes, los levitas y al juez que esté en esos días e inquirirás, y te dirán la palabra del juicio. De acuerdo a la ley que te enseñaren, y según la ordenanza que te dijeren harás; no te desvíes de lo que te dijeren, ni a la derecha, ni a la izquierda”. Si todos los seguidores tanto de Mahoma como del Nazareno admiten que todos los Sabios se oponían a ellos entonces, admiten también que los judíos hacen bien al obedecer a sus Sabios.
J. –Pero tal vez el mandato se refiere sólo a los jueces de Jerusalem, que posiblemente no estaban ya en los tiempo de Mahoma.
S. –Estuvieron ahí en los tiempos de Yeshu y lo rechazaron, como lo admiten las propias Escrituras de sus seguidores. Por eso, los seguidores de Yeshu refutaron la ley que exige obedecer a los Sabios de Jerusalem, “No te desvíes de lo que te dijeren, ni a la derecha ni a la izquierda”. Y ya que Mahoma declara en el Corán, que Yeshu fue un profeta, se opone igualmente a los Sabios de Jerusalem que lo rechazaron y por lo tanto él también está equivocado.
J. –Así es que su propia tradición demuestra sus falacias y su falta de conocimiento de las Sagradas Escrituras, así como el hecho que los judíos conocedores de la Ley se oponían a ellos y que sus únicos seguidores eran los hombres más ignorantes y los idólatras.
S. –Y que no se realizaron a través de ellos ninguno de los milagros evidentes, perennes, públicos e irrefutables. Pero nuestra tradición se mantiene entre las de las demás naciones como un ser viviente entre las estatuas de cera. Nuestros documentos afirman que toda nuestra nación, (siendo de varios millones), atestiguó con sus propios ojos y oídos la presencia de D–-os cuando Él les dio Su Ley en el Monte Sinai, y nuestros escritos no registraron un solo caso en que alguien desafiara este hecho. Nuestros documentos establecen que las plagas se infligieron sobre Egipto a los ojos de todos, tras haberse predicho que vendrían en la forma designada y en tiempo establecido, toda la nación egipcia las experimentó y todo nuestro pueblo fue testigo. Nuestros documentos establecen que toda nuestra nación presenció la partición del Mar Rojo, a través del cual pasamos y en el que los egipcios se ahogaron. Después de eso, durante 40 años, toda nuestra nación fue testigo constante de la nube de gloria Divina y la columna de fuego nocturna, y por cuarenta años cada persona comió lo que descendía del Cielo. Estos hechos no les fueron contados por individuos, sino que fueron presenciados por millones. La gente no era dócil, sino obstinada, pues se opusieron a sus guías en numerosas ocasiones y aceptaban sólo lo que podían ver. Aceptaron la Torá, no porque Moshé (Moisés) les mostró milagros, sino porque oyeron la voz de D-os que les hablaba desde el Monte Sinai. Tras recibir la Torá, pasaron cuarenta años en estrecha unión y escaso contacto con otras naciones, para que pudiesen consolidar su conocimiento de Torá sin infiltración de influencias extranjeras. Ya que no poseían tierras para labrar ni comercios, tenían el suficiente tiempo libre para dedicarse al estudio de la Torá con la máxima diligencia. La Torá no fue predicada por individuos que posteriormente lograban persuadir o coercer multitudes, como las religiones creadas por el hombre. Desde el primer día, la Torá fue aceptada por toda la nación sin excepción. Nuestras crónicas sagradas son escrupulosamente honestas en revelar las faltas de hasta los hombres más grandes; y aunque se registran casos de desobediencia, nunca hubo un solo caso en que se desafiara la verdad de la Torá o de los eventos del éxodo en el desierto, en los 1380 años desde que fue recibida la Torá en el Monte Sinai hasta la era del Segundo Templo y aún después.
J. –Ahora entiendo por qué las últimas palabras de la Torá son: a los ojos de todo Israel”. “Y no surgió otro profeta en Israel, como Moshé… y a quien el Eterno enviare a hacer todas las señales y los prodigios en la tierra de Egipto, al Faraón, y a todos sus siervos, y a todo su país; y por toda la mano poderosa y por todo el temor grande que causó Moshé a los ojos de todo Israel”. El hecho que tal expresión esté colocada en el mismísimo fin de la Torá, es evidencia de su extrema importancia.
S. –Bien dicho. Y se enfatiza esta máxima una y otra vez. Estos no fueron asuntos realizados en forma privada, presenciados por algunos individuos que luego persuadieron multitudes a creer. La multitud fue testigo ocular. “Y habló Aharón todas las palabras que dijo el Eterno a Moshé e hizo las señales a los ojos del pueblo” (Shemot 4:30). “Y alzó la vara y golpeó las aguas que había en el río, ante los ojos del Faraón y ante los ojos de sus siervos, y se convirtieron las aguas que había en el río, en sangre” (ibid. 7:20). “E Israel vio a los egipcios muertos sobre la orilla del mar” (ibid.14:30). “Y vio Israel el poder grande que usó el Eterno contra los egipcios” (ibid. 14:31). “Y que estén preparados para el tercer día, porque en el tercer día descenderá el Eterno a la vista de todo el pueblo sobre el Monte Sinai” (ibid. 19:11). “Y todo el pueblo percibía los truenos y las llamas y la voz del cuerno y el monte estaba humeando” (ibid. 20:18). “Y el aspecto de la gloria del Eterno, como fuego devorador en la cima del monte, a los ojos de los hijos de Israel” (ibid. 24:17). “Y vieron Aharón y todos los hijos de Israel a Moshé, y he aquí que brillaba la piel de su rostro y temieron acercarse a él” (ibid. 34:30). “Porque la nube del Eterno estaba sobre el tabernáculo de día y fuego había de noche en él a los ojos de toda la casa de Israel, durante todos sus viajes” (ibid. 40:38). “Que Tú, el Eterno, estás entre este pueblo, que a la vista Te apareciste Tú, el Eterno, y Tu nube está sobre ellos, y en columna de nube, Tú andas delante de ella de día, y en columna de fuego de noche” (Bamidbar 14:14). “Al día siguiente de Pesaj salieron los hijos de Israel con las manos en alto, a los ojos de todo Egipto” (ibid. 33:3). “Y dio el Eterno señales y prodigios grandes y funestos en Egipto, contra el Faraón y contra toda su casa, ante nuestros ojos” (Debarim 6:22).

Shavuot: El Secreto de la Unión

Shavuot: El Secreto de la Unión

Estamos a pocas horas de Shavuot, una de las tres festividades en que la Torá nos ordena subir a Ierushalaim, para llevar las ofrendas de la cosecha al Templo sagrado. En Pesaj, el principio de la temporada de la cosecha en Israel, se lleva la ofrenda del trigo, en Shavuot llevamos las primicias de la cosecha de cebada, que conocemos como el Omer. Esta ofrenda es diferente de otras porque es colectiva. Se va acopiando todos los aportes de los agricultores y se toma una pequeña cantidad que se mezcla con aceite para hacer una masa. Esta ofrenda es llevada al Altar, y allí el Sumo Sacerdote realiza la ofrenda de Minjá, que consiste en tomar una pequeña cantidad de esa mezcla entre en sus dedos medio y anular, y arrojarla al fuego. En esa pequeña ofrenda se unen todas las intenciones y almas de todo el Pueblo de Israel. Esta unión, aparentemente simbólica e indirecta, es justamente la condición para poder recibir la Torá, la sabiduría de Hashem que expresa Su Voluntad para cada pueblo, cada persona y para cada uno y una de los infinitos componentes que creó y crea continuamente. Para llegar a esta unión hace falta un proceso colectivo e individual que lleve a que sea verdadera y profunda, eterna y fuerte que no se desintegre ante las pruebas de la vida. Como en la generación de la Torre de Babel, que estaban unidos en aras de un objetivo en común, construir un edificio que llegue hasta el Cielo y allí luchar contra Hashem. En otras palabras, creían en que existía Dios, pero pensaban que era un ente que podía ser sometido y utilizado para sus propios fines. Esta era una unión era tan fuerte que Hashem tuvo que confundir sus lenguas para destruirla, estaba destinada al fracaso, porque estaba impulsada por el egoísmo del corazón del hombre que ve a la Creación como algo que fue creado para él, para satisfacer sus deseos y necesidades a expensas de los demás. Pero la unión para recibir la Torá tiene que ser algo verdadero y eterno. Para llegar a ella el Baal Shem Tov nos enseñó un proceso de refinamiento y superación de tres etapas: sumisión, separación y dulcificación. ¿Cómo sabemos que esto es así? Porque como todas las cosas verdaderas tiene su base en la Torá. Justamente lo aprendemos de los versos anteriores a la llegada del pueblo de Israel al Monte Sinaí, el 1 del mes de Siván, para prepararse a recibir la Torá (Éxodo 19:2-4:): “A principios del tercer mes, después de haber salido los Hijos de Israel de la Tierra de Egipto, en este día llegaron al desierto del Sinaí” “Y salieron de Refidim y vinieron al desierto del Sinaí, y acamparon en el desierto, y acampó allí Israel frente al Monte” “Y Moshé subió hacia Dios y lo llamó Havaiá desde el Monte diciéndole: ‘Así hablarás a la Casa de Iaakov y le dirás a los Hijos Israel” Explica Rashi “ya había dicho la Torá que estaban en Refidim y fueron al desierto ¿para qué había que repetir que salieron de Refidim? Porque así como llegaron al desierto en teshuvá, (retorno a Dios) también salieron de Refidim en teshuvá”. Para entender este primer paso como la sumisión necesaria para la preparación de la recepción de la Torá, debemos recordar que allí se asentaba el pueblo de Amalek. Amalek, de guematria safek, “duda”. Es ese sentimiento que nos enfría y nos hace preguntarnos ¿Acaso está Hashem en nosotros? En lo que estamos haciendo, en lo que es y significa la Torá. Explican los sabios Refidim como rifióniadaim, “bajar los brazos”, desalentarse y darse por vencido frente a la tarea del estudio de la Torá, que necesita fuerza de voluntad y decisión de querer retornar a Hashem y conectarse con Él. Entonces “y salieron” es alejarse del pecado, someterse a Dios. Es la teshuvátataá, el retorno o arrepentimiento inferior de alejarse del pecado proveniente de la duda. Primer paso. Pero un talmidjajam, una persona que se dedica al estudio de la Torá y se aleja del pecado, puede estar haciéndolo por interés propio, o por miedo al castigo, por su ego, por eso debemos seguir adelante. El segundo paso de “acamparon” en el desierto es la separación o havdalá necesaria para meditar y conocerse a sí mismo y ver las cosas objetivamente. Pensar por qué las hacemos, si es porque nosotros decidimos que eso está bien o es de nuestro interés particular o porque nuestro objetivo es en aras de algo superior en armonía con la Voluntad del Creador. Y no hay mejor lugar para enfrentarnos a nosotros mismos que la soledad del desierto, que en nuestra generación puede ser perfectamente también en medio del bullicio del centro de la ciudad. Solos con Dios, liberados de la influencia de los deseos materiales, nos anulamos frente al infinito. Esta autoanulación nos lleva a retornar a Dios con humildad, de una manera más elevada llamada teshuvá Ilaá, “retorno superior”, de querer cumplir la voluntad de Dios pero sólo porque así Él lo quiere, porque sabemos que Su saber es el correcto y al anularnos nos hacemos uno con Él. Una sola voluntad. Y salieron… y vinieron… y acamparon… nos está indicando que aún estaban separados entre ellos. Había una pluralidad que habla de la desconexión entre la mente y los sentimientos, que produce a su vez sentimientos enfrentados y disgregados. Pero justamente allí se estaba gestando la tercera etapa de dulcificación, que en nuestro caso es la unidad que nos capacita para ser un recipiente adecuado para la recepción de la Torá. Refinar la mente y los sentimientos es aprender a que trabajen en conjunto, se inter incluyan en estructuras o partzufim. En el desierto miramos a nuestro alrededor, con la vista baja para que el sol no nos lastime los ojos, pero cuando “y acampó allí Israel frente al Monte” los ojos se dirigieron a lo alto, hacia ese lugar en que Dios se iba a posar para dar por anulado el decreto de que “Las alturas no bajarán a los mundos inferiores y los inferiores no subirán a las alturas”. Esa elevación cósmica produjo en el Pueblo de Israel que “y acampó”, en singular. Como dice Rashi “como un solo hombre y un solo corazón”. La dulcificación final del Baal Shem Tov, que si meditamos en ella podemos referirla y utilizarla para todos los procesos de nuestra vida. En Cabalá esto se denomina la elevación del reinado hacia la corona. El Maljut refinado producto de recibir la interacción armónica de todas las sefirot intelectuales y emocionales, puede elevarse por sobre ellas transformándose en su Corona. El secreto de “la mujer (maljut) de valor es la corona (keter) de su marido (jojmá). Explica la Cabalá y el Jasidut que la sefirá que justamente tiene la capacidad de producir la unión es Daat, “conocimiento”: “Y Adam conoció (daá) a Javá”. El Sefer Ietzirá dice que las sefirot son 10 y no 11, 10 y no 9. Siempre son diez porque cuando figura Keter no está Daat y viceversa. Daat se ocupa de unir las sefirot intelectuales con las emocionales, por el poder del conocimiento que proviene directamente de la Conciencia Suprema llamada Corona o Keter. Entonces, cuando el Conocimiento Supremo está revelado, todas las sefirot se unen automáticamente. En realidad Daat no se considera una sefirá, sino más bien ese poder de unión. En nuestro mundo material, en que Dios, lo espiritual, lo inconsciente no está revelado, se reconoce a Daat como la sefirá intermediaria de esa unión. Este es también el secreto de la parashá de semana, Nasó. Esta palabra se traduce comúnmente como “censo”, contar personas o cosas. Pero la traducción del hebreo es “elevar”, como dice “eleva la cabeza de los hijos de Merarí, de la tribu de Leví…”. Siempre que el pueblo de Israel se enfrenta a una prueba o una tarea especial, Hashem los cuenta, como el dueño de un tesoro que no se cansa de volver a repasar y pulir sus joyas. Si falta alguna piedra preciosa la va a buscar por todos lados, aunque tenga miles de ellas. De esta manera Hashem eleva a cada uno y uno de nosotros para saber que tenemos una tarea especial que hacer, que nadie puede faltar, que juntos formamos una unidad estructural. Este es también el secreto del Jasidut, que nos reúne a todos a través de unir la Torá escrita y la oral, la revelada y la oculta, el Musar y la Cabalá, lo espiritual y la naturaleza (ciencia), la mente y los sentimientos, el Pueblo de Israel y los Justos de las Naciones. Entonces, cuando estamos unidos, cada uno con la tarea que Dios le ordenó, con la mente y sentimientos en armonía, podemos estar “frente al Monte”, mirar hacia arriba y ver cómo el Moshé Rabeinu de nuestra generación, el Mashíaj Verdadero, sube al monte para descender con la Voluntad Revelada de Hashem, la noticia de la Nueva Torá, esa misma Torá que recibió aquella vez, pero nueva frente a nuestros ojos sin mantos que los nublen. Porque en ese día, de la Redención verdadera y definitiva, veremos con nuestra carne que “la tierra se llenará del conocimiento de Dios, como la aguas cubren el mar”. (basado en las enseñanzas del rabino Itzjak Ginsburgh shlita, especialmente de la clase de Rosh Jodesh Siván 5769)Jag Shavuot Sameaj, recibamos la Torá con Alegría y Profundidad Con Bendiciones desde la Tierra de Israel La Dimensión Interior Tomado de: http://dimensiones.org/canales/vidmodrn/viviendo%20con%20el%20tiempo/SIVAN/sivan69.htm

¿Por qué contamos el Omer?

¿Por qué contamos el Omer?

Por Ierujam Eilfort

A partir de la segunda noche de Pesaj hasta el día anterior a la fiesta de Shavuot, el pueblo judío comienza una Mitzvá única llamada sefirat ha’omer (cuenta del omer).La Tora nos ordena contar cada año siete semanas completando un total de 49 días. Al final de este período,celebramos Shavuot, que significa “semanas.”
Esto es considerado una Mitzvá, por eso la Cuenta del Omer, que recitamos cada noche, es precedida por una bendición. Sin embargo, podemos recitar la bendición, solo si no hemos faltado a la cuenta. Si hemos olvidado de contar el Omer, aunque sea una noche, no podemos recitar más la bendición, sino debemos escuchar la bendición de otra persona que si haya mantenido la cuenta completa y después hacemos nuestra cuenta.
Durante los tiempos del Santo Templo de Jerusalem, después de contar el Omer, era traída una ofrenda especial de grano. Esta ofrenda que se traía, era agitada en diversas direcciones, similarmente a cómo se agita el lulav durante la fiesta de Sucot, para demostrar que la presencia del Todopoderoso lo abarca todo.
¿Por qué contamos actualmente? Existen varias razones. La primera es, que la cuenta manifiesta nuestra emoción frente a la inminente entrega de la Torá, celebrada en Shavuot. De la misma forma que un niño cuenta a menudo los días hasta el termino de las clases, o por las próximas vacaciones de la familia, así también nosotros contamos los días para demostrar nuestro entusiasmo en recibir nuevamente la Torá (que de hecho, recibimos la Torá en un sentido renovado cada año).
También sabemos que este período es apropiado para prepararse y refinarse espiritualmente. Cuando el Pueblo judío estaba en Egipto hace casi 3.400 años, se habían asimilado a muchas de las inmorales costumbres de los egipcios. Los judíos se habían hundido en un nivel sin precedente de decadencia espiritual y estaban al borde de la destrucción. En el último momento posible, los hijos de Israel fueron redimidos milagrosamente. Experimentaron un renacimiento espiritual y ascendieron rápidamente a un estado colectivo de santidad nunca antes alcanzado. Eran tan santos, de hecho, que cuando estaban parados al pie del Monte Sinai para recibir el Torá, fueron comparados a los ángeles.
Fue durante ese período de 49 días que experimentaron esta transformación tan radical. ¡De los niveles mas despreciables, a las alturas más excelsas en apenas siete semanas!
Los mandamientos de la Torá no son simplemente una parte de nuestra historia, sino que por el contrario representan una lección de vida para cada judío. Vemos la Torá como si fuese entregada cada día nuevamente y nos ocupamos de ella y de sus mandamientos con un vigor renovado.
También debemos aplicar a nuestra vida cotidiana esta lección de la cuenta de omer. Es específicamente durante este periodo que debemos esforzarnos para crecer y madurar en nuestro estado espiritual. La Torá no nos permite que nos consideremos satisfechos con nuestro actual nivel de espiritualidad. Por el contrario nos exhorta a fijarnos altas metas para nosotros mismos y después esforzarnos metódicamente hasta alcanzar esas metas.
El crecimiento que experimentamos durante este tiempo es comparable con un maratón. Establecemos el ritmo y lo intentamos mejorar día a día hasta que alcanzamos el día en que recibimos nuevamente la Torá. En este proceso miramos profundamente dentro de nosotros y trabajamos sobre todos nuestros aspectos negativos. Si nos vemos desprovistos de amabilidad, cambiamos nuestra agenda para hacer mas obras caritativas. Si estamos faltando en el área de la justicia, nos comprometemos a elevar nuestros niveles de entereza mejorándolos para elevarlos al máximo de nuestras posibilidades. Y así también en todas las áreas de nuestra personalidad.

Tomado de: http://www.es.chabad.org/library/article_cdo/aid/511943/jewish/Por-qu-contamos-el-Omer.htm